El corazón es la máquina de bombeo que suministra sangre, oxígeno y nutrientes a todas las células de nuestro cuerpo. Esta máquina es prácticamente perfecta, se adapta a nuestro esfuerzo físico en función de la intensidad a la que se ve obligado trabajar.

Posee un mecanismo de adaptación que cuando se lleva a habitualmente a extremos peligrosos de intensidad reduce la frecuencia de sus latidos, para dejar un margen de garantía que le permita soportar la tensión límite la próxima vez.

La frecuencia cardíaca de una persona que habitualmente no realiza ejercicio físico oscila las 75-80 pulsaciones por minuto.

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Mediante el entrenamiento regular, el corazón se protege reduciendo su frecuencia en reposo, por ejemplo, reduciendo a 60 pulsaciones por minuto, por lo tanto, cuando se ve obligado a bombear a máxima intensidad, su máximo no subirá más de las 190 pulsaciones, pudiendo mantener esta frecuencia durante mayor tiempo sin que se produzcan riesgos de fallos cardíacos o colapsos.

Lo que queremos transmitir en esencia es que el corazón tiene la capacidad de adaptarse al esfuerzo mediante un descenso de su ritmo en reposo.

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Si una persona sedentaria tiene un ritmo cardíaco de 80 pulsaciones por minuto y otra activa físicamente de 60 pulsaciones, esa diferencia insignificante a simple vista de 20 pulsaciones, significa que en la fase de reposo total la sedentaria hará latir su corazón unas 28.800 veces más al día.

FRECUENCIA CARDÍACA DE UN CORAZÓN ENTRENADO:

  • 60 latidos por minuto * 60 = 3.600 por hora.
  • 3.600 latidos por hora * 24 = 86.400 por día.
  • 86.400 latidos por día * 365 = 31.536.000 por año.

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FRECUENCIA CARDÍACA DE UN CORAZÓN NO ENTRENADO:

  • 80 latidos por minuto * 60 = 4.800 por hora.
  • 4.800 latidos por hora * 24= 115.200 por día.
  • 115.200 latidos por día * 365 = 42.048.000 por año.

Acabamos de observar la diferencia que existe entre en el trabajo que efectúa un corazón entrenado y uno sedentario en cuanto a cantidad de latidos.

El ejercicio físico ensancha los vasos sanguíneos y aumenta la red capilar. Un corazón sedentario no sólo tiene menos infraestructura capilar sino que también tiene vasos sanguíneos más reducidos en tamaño y, a veces, obstruidos con residuos que reducen aún más el riego sanguíneo.

Un corazón entrenado puede alcanzar su máximo esfuerzo por debajo de 180 pulsaciones por minuto. La capacidad de bombeo será de hasta cinco veces mayor al ritmo de las contracciones en reposo. Además podrá mantener este ritmo por bastante tiempo.

Al contrario, en la misma situación que la nombrada anteriormente, el sedentario no podrá triplicar su ritmo cardíaco porque este aumentará a niveles muy peligrosos por encima de las 220 pulsaciones por minuto, además, no podrá mantenerlas por mucho tiempo ya que puede producirse un fallo o colapso.

Como conclusión, cabe destacar que el entrenamiento físico no sólo conlleva una mejora del rendimiento deportivo máximo. Como consecuencia de ello, la salud cardiovascular mejora notablemente y con ella la calidad y esperanza de vida.

Fuente: www.hsnstore.com